domingo, 23 de enero de 2011

Capítulo 1

Primera Parte: “HISTORIA DE UNA IDA”

“…Porque, dicen ellos,
cuando se viaja en un barco vacío,
si nada mejor se puede obtener del mundo,
arranquémosle una buena comida, por lo menos.
Y con esto queda vacía la botella.”
Moby Dick, Herman Melville.



CANTO I

Pongamos que hablo de Valladolid

“…Podemos jactarnos de lo que sea, si no tenemos otra cosa.
Quizás cuanto menos se tiene,
más se siente uno inclinado a la jactancia.”
Al Este del Edén, John Steinbeck.
El elegido

La Ciudad de México es tan grande que en ocasiones suele extenderse hasta Acapulco. El año estaba por terminar y yo había decidido despedirlo bajo el sol, junto al mar y bebiéndome mi juventud.

Son conocidas las diferencias en Latinoamérica entre los que tienen y los que no tienen. El abismo puede ser imaginado, pero insondable a quien es ajeno a ambos mundos. He ahí, palpitante, el significado de la cuestión de nuestra era: tener o no tener. Por fortuna, mis amigos tienen y eso significaba comodidad, lujo y (extra) vagancia en un sentido que no teme desafiar a la más prolija imaginación. Desde aquí hasta Bariloche sabemos de ese abismo y yo lo contemplaba en un Xanadú del Pacifico.

Esos días de fiestas decembrinas los pasé en Acapulco, invitado en casa de antiguos amigos. Me dejé consentir por una vida que no me pertenecía. No por eso iba a rechazarla, por el contrario, como con tantas cosas yo abracé aquello con la pasión y el deleite de los enamorados.

Demasiado me ocurrió ese año que terminaba. Me entregué a la aventura y a la búsqueda y me sentía derrotado: no pude encontrar la perla. Por eso mi vida se destiñó. Me pensé despreciado por la fortuna; pero había sido medido y pesado y había resultado inadecuado. Decidí entregarme, vencido, a una vida acorde a esta era postmoderna imbatible. Resultó que yo no tenía lo que se necesitaba, tampoco era especial ni único y ni siquiera estaba cerca. Nada podía hacerse. Fracasé. Entonces volví del mundo, abollado, y me conduje al desasosiego  de la contemplación y el ocio, todo lo demás podía irse al cuerno.

Sin embargo, así y allí, flotando sobre una colchoneta en una alberca de Acapulco, rodeado de margaritas (de las que se beben), fue que me eligieron.

¿Para qué exactamente? Lo descubriría mucho después, pero así empezaba mi aventura.